La incomodidad como indicador de crecimiento
- gabrielahidalgocal
- 16 mar
- 2 Min. de lectura
La incomodidad suele aparecer cuando algo en nuestra forma habitual de funcionar empieza a moverse.
Un nuevo rol, una decisión que tiene más impacto del que solíamos asumir, una conversación que sabemos que no podemos seguir posponiendo. Situaciones en las que todavía no tenemos una referencia clara de cómo actuar.
En esos momentos es frecuente interpretar la incomodidad como una señal de que algo no está del todo bien. Sin embargo, desde la psicología sabemos que gran parte de esa sensación tiene que ver con el modo en que nuestro sistema nervioso responde a lo desconocido.
El organismo está diseñado para favorecer la estabilidad y la previsibilidad. Cuando entramos en territorios nuevos —mayor responsabilidad, mayor visibilidad, mayor capacidad de decisión— el sistema nervioso aumenta el nivel de activación. No necesariamente porque exista un peligro real, sino porque estamos saliendo de patrones que hasta ahora resultaban familiares.
Por eso muchas etapas de crecimiento profesional vienen acompañadas de cierta tensión interna: dudas, sensación de exposición o la percepción de no tener todavía todas las respuestas.
En el desarrollo del liderazgo esto se vuelve especialmente visible. Muchas de las decisiones que definen un rol —priorizar cuando no todo puede hacerse, sostener conversaciones difíciles o asumir posiciones que afectan a otros— rara vez se atraviesan desde la completa comodidad. Más bien implican atravesar un periodo de incertidumbre mientras se va construyendo una forma más madura de ejercer la responsabilidad.
Quizá la cuestión no sea eliminar esa incomodidad, sino aprender a interpretarla con más precisión.
En muchos procesos de coaching, precisamente, el trabajo consiste en poder sostener ese espacio el tiempo suficiente para comprender qué está señalando esa activación y transformarla en claridad y acción consciente.

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