Si quieres, ¿puedes?
- Gabriela Hidalgo Caldas
- 27 ene
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 2 feb
Durante años se nos ha repetido una idea con apariencia de sentido común: si quieres, puedes. Como si la voluntad fuera suficiente para explicar el cambio, el avance o el logro.
La realidad suele ser bastante más compleja.
Querer algo no implica, automáticamente, poder sostenerlo. Entre el deseo y la acción hay muchas capas: el estado interno desde el que vivimos, el nivel de carga acumulada, el contexto que nos rodea, los recursos disponibles y el margen real para decidir.
Desde la psicología sabemos que la motivación no opera en el vacío. Un sistema cansado, sobreexigido o en modo supervivencia puede querer cambiar y, aun así, no tener la capacidad necesaria para hacerlo. No por incoherencia, sino por límites reales.
Confundir querer con poder suele tener un efecto perverso: cuando no llegamos, el fallo se atribuye a la persona. Falta de disciplina, de constancia, de compromiso. Rara vez se revisan las condiciones.
Pero muchas veces el problema no es la falta de deseo, sino el exceso de fricción. Contextos que desgastan, ritmos que no dejan integrar, expectativas que empujan más de lo que sostienen.
Por eso, en procesos de cambio, la pregunta clave no es solo qué quiero, sino desde dónde lo estoy intentando. Qué margen tengo, qué me está sosteniendo y qué me está drenando.
Querer es importante, pero poder tiene mucho más que ver con las condiciones —internas y externas— que con la fuerza de voluntad.
Y quizá ahí esté el verdadero punto de partida.

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