Tenemos un lío considerable
- Gabriela Hidalgo Caldas
- 29 ene
- 2 min de lectura
Actualizado: 2 feb
Vivimos expuestos a dos mensajes que, aunque no son contradictorios en esencia, sí lo son cuando se aplican sin matiz. Por un lado, se nos recuerda que nada cambia si no cambiamos nosotros: que tenemos que asumir responsabilidad, tomar decisiones y movernos. Por otro, se reivindica —con razón— que está bien no estar bien, que no todo malestar es algo que deba corregirse de inmediato y que hay momentos en los que lo más sensato es parar y sostenerse.
El problema no está en ninguno de estos mensajes por separado, sino en la dificultad para discernir cuál es el adecuado en cada momento. Muchas personas no se quedan bloqueadas por falta de voluntad, sino porque pierden la referencia del momento que atraviesan: se exigen avanzar cuando están agotadas, o paran sin preguntarse qué les ayudaría a recuperar dirección.
La diferencia no está en el mensaje, sino en el estado desde el que se escucha. Cuando hay saturación, pedir cambio suele aumentar la tensión y la culpa, porque el organismo está ocupado en sobrevivir, no en reorganizar. En cambio, cuando hay un mínimo de regulación, ese mismo impulso puede vivirse como claridad: algo que orienta y moviliza sin forzar.
Del mismo modo, permitirse no estar bien puede ser profundamente regulador cuando sirve para bajar la exigencia y recuperar estabilidad, pero también puede convertirse en una pausa estancada si se utiliza para evitar cualquier incomodidad o decisión pendiente. En ambos casos, la clave no es moral ni actitudinal, sino funcional: qué necesito ahora mismo para recuperar equilibrio.
Por eso, más que elegir entre cambiar o aceptarse, la pregunta verdaderamente útil es otra. No es qué debería hacer, sino qué me está pidiendo este momento. A veces será descanso, contención y menos presión. Otras veces será estructura, un movimiento pequeño o una conversación que lleva tiempo aplazándose. Discernirlo no es autoindulgencia ni dureza: es lectura fina del propio estado.
El cambio no se sostiene aplicando consignas universales, sino aprendiendo a responder con precisión a lo que está ocurriendo. Cuando esa lectura es ajustada, el movimiento deja de ser una lucha constante y empieza a tener sentido.
¿Cómo sueles darte cuenta de cuándo necesitas sostenerte y cuándo necesitas moverte?

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